Me es complejo saber por dónde empezar si queremos hablar de fotografía, sobre amor, su disolución en el tiempo, y como este termina muriendo. Podríamos preguntarnos ¿Este muere del todo? 

Para poder responder esta pregunta quizá deberíamos comenzar reflexionando con las siguientes palabras de  Roland Barthes escritas en su texto La cámara lucida. “Lo que se oculta tras la fotografía, lo que se ampara indefectiblemente en la imagen fotográfica, es la Muerte.” (Barthes, 1980, La cámara lucida, p. 21). Al ver la fotografía en frente tenemos vestigios de lo que tuvo vida, del amor vivo, momentos de alegría, de felicidad, cariño. Pero la fotografía nos mira, también nos habla, nos dice “esto ha sido” y también nos dice “esto ya no es”.

Respecto a lo que hemos estado hablando, nos hemos dado cuenta que este sentimiento, se desvanece poco a poco, pero también con el pasar de los años los recuerdos permanecen, pero es el sentimiento el que desaparece, y si cuando hablamos del amor y de su muerte, no nos referimos a la muerte de los recuerdos. Podemos apoyarnos de esta idea con el libro de Henri Bergson en su libro Materia y Memoria que nos revela.

"El pasado sobrevive en estado de recuerdo almacenado en el cerebro. Será preciso entonces que el cerebro, para conservar el recuerdo, se conserve al menos él mismo. Pero ese cerebro, en tanto que imagen extendida en el espacio, nunca ocupa más que el momento presente; constituye, con todo el resto del universo material, un corte sin cesar renovado del devenir universal."
(Bergson, 1896, Materia y Memoria, p. 162).

El recuerdo es lo que permanece, lo que sobrevive, lo que resiste a la disolución de lo corporal. El pasado se conserva íntegramente. Nada se pierde, todo se guarda: la memoria es el testigo invisible que acompaña al espíritu más allá del cuerpo.

Entonces podemos entender que, con la muerte, nos referimos a la muerte de los sentimientos, la estela de luz que desde lo brillo se va desvaneciendo hacia la oscuridad se refiere a la disolución de los sentimientos, y que gracias a la fotografía podemos almacenarla como una imagen la cual se vuelve testigo del pasado. Si Barthes nos muestra la fotografía como muerte, Bergson nos recuerda que con ella la memoria persiste, la fotografía nos enseña lo que no quiere perecer.

Ya sabemos que el ser humano tiene una lectura subjetiva de las imágenes, y es innegable que los seres involucrados tendrán una apreciación distinta de la realidad pasada.

Los recuerdos de las cosas pasadas, no necesariamente son fieles a las cosas tal como fueron. No solo por que cada individuo percibe la realidad desde un distinto lugar, sino, por que además con el paso del tiempo los recuerdos se van deshaciendo en nuestra memoria. "(...) ¡quizá porque de esos recuerdos por tanto tiempo abandonados fuera de la memoria no sobrevive nada y todo se va desagregando!(...)" (Marcel Proust, 1913, En busca del tiempo perdido, p. 39).  Quizá para uno de los dos, los recuerdos pueden ser bellos y/o para el otro terribles, de ahí quizá es que, al finalizar, puede ocurrir que uno u otro se sienta liberado, que la relación se haya convertido en un tormento, en cadenas.

Y si uno de los dos siente una perdida, y si el otro se siente liberado, ¿el primero lo tenía esclavizado? Nos damos cuenta que existe un juego de fuerzas, que si se desequilibra se transforma en una dualidad entre esclavitud y libertad.

También podemos preguntarnos sobre ¿cómo es esta muerte? si hablamos de formas físicas podemos identificar que la muerte puede ser natural, en la cual me imagino que la vejez es la principal de estas, también pienso en la enfermedad que nos puede afectar paulatinamente hasta llevarnos a la muerte de forma lenta, pero también puede ser fugaz. En cuanto al entendimiento que tenemos de las emociones, quizá más de alguno se ha sentido identificado con que el amor, puede morir de forma natural, las acciones o no acciones en el tiempo son aquellas que hacen desvanecer la luz de las emociones. Roland Barthes relata sobre este tema en su texto Fragmentos de un discurso amoroso, él nos dice:

"Aunque todo amor sea vivido como único y aunque el sujeto rechace la idea de repetirlo más tarde en otra parte, sorprende a veces en él una suerte de difusión del deseo amoroso; comprende entonces que está condenado a errar hasta la muerte (...). "
(Barthes, 1977, Fragmentos de un discurso amoroso, p. 64).

Quizá con estas palabras podemos reafirmar la idea de que tanto las acciones, entendiendo como los errores que el ser humano está condenado a cometer, no pueden llevar a otro camino que no sea la muerte del amor. Creo que en el amor, todos los caminos, todas nuestras decisiones, todas las acciones que tomemos inexorablemente nos llevaran hacia la muerte. El amor está condenado.

Pero ¿Por qué está condenado? Los amantes están destinados a convertirse en los asesinos de su amor. Si bien, me parece que los sentimientos y principalmente el que nos atañe en este caso, el amor, es el que nos da la esencia del ser humanos ¿Me pregunto si el matar, el ser violento puede ser parte de la esencia de la vida? O ¿Tal vez, es parte de la esencia del ser animal? Bateille en el Erotismo nos dice:

“(...) la violencia de la muerte derriba entera y definitivamente el edificio de la vida, la violencia sexual derriba en un punto, durante un tiempo, la estructura de ese edificio.”
(Bateille, 1957, El Erotismo, p. 80)

Me parece que, con esto, nos queda claro que la violencia es intrínseca a la vida misma, y por ende a lo animal y humano. Yo creo, ya sabemos que cuando vemos fotografías, lo que vemos, lo que nos mira es un rastro del pasado que se niega a perecer un momento, con aquel que fue nuestro ser querido. Y me surge una pregunta inevitable ¿qué sentimos al verla? Me parece la indiferencia es algo imposible, ya que cuando el sentimiento es real, cuando el amor es verdadero, queda una huella nos sigue importando. Aunque los años hayan pasado y el dolor se haya escondido nuestro cuerpo o quizá nuestro inconsciente intentara protegernos e inexorablemente forzara el olvido como quien busca suturar una herida.

La fotografía en su silencio, nos lo devuelve, lo ausente revive y quizá el duelo del que hablamos persiste. Como señala María del Carmen Molina citando a Angel Quintana en Derrida y el problema del suplemento: El carácter espectral de la huella fílmica. “Vista así, la imagen lleva implícito un sentimiento de duelo y propone una cierta idea de resurrección de lo ausente”. (Quintana, citado en Molina, 2022, pp. 208-209). Esta afirmación no hace sino reafirmar lo que hemos estado descubriendo a través de estas reflexiones. Quizá nunca podamos responder del todo la pregunta que dio inicio a este capítulo: ¿muere realmente el amor? La fotografía nos devuelve lo ausente, aquello que se niega a perecer.
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